Bajo la luz del día, con el tránsito detenido y un silencio extraño que contrastaba con la rutina de la ciudad, un padre caminó con el corazón destrozado hacia la escena. No hacía falta que nadie le dijera nada. Lo supo antes de verlo.

Entre llantos y gritos, se acercó. Ahí estaba su hijo.

La tragedia se escribió sobre el asfalto del bulevar Los Próceres, en la zona 10 capitalina. Sebastián Alejandro Herrarte Cano, de 22 años, quedó tendido junto a la motocicleta que apenas comenzaba a formar parte de sus días: una KTM Duke, nueva, recién estrenada… ahora convertida en testigo mudo de su último trayecto.

El impacto fue brutal. Politraumatismo. Sin oportunidad. Sin despedidas.

Minutos antes, todo era normal. Minutos después, nada volvió a serlo.

Bomberos Municipales llegaron con la urgencia que exige la vida, pero ya no había nada que hacer. Solo confirmar lo inevitable.

Las versiones aún intentan armar el rompecabezas de lo ocurrido:

—Que perdió el control y chocó contra un poste.

—Que un vehículo estuvo involucrado y todo terminó en un impacto fatal.

La certeza, por ahora, es una sola: una familia quedó rota.

Mientras agentes de la Policía Nacional Civil acordonaban el área y curiosos observaban a distancia, el dolor se concentraba en un solo punto: un padre que, entre lágrimas y gritos, reconocía a su hijo… en el lugar donde la vida para él se detuvo.