El dolor no tuvo tiempo de convertirse en resignación. Apenas días después de haber reconocido, entre lágrimas, el cuerpo de su hijo, la violencia volvió para silenciar otra vida en la misma familia.
El pasado 20 de marzo, a la orilla de la carretera antigua entre Chiquimula y San José La Arada, en el kilómetro 180.5, cerca del panteón La Arada, quedó tendido el cuerpo de Erickson José Monroy, abatido a balazos. Su madre, doña Mariela del Carmen Ramírez Monroy, de 43 años, llegó hasta el lugar con el corazón hecho pedazos para confirmar lo que nadie quisiera ver.
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Pero la historia no terminó ahí.
La tarde del martes 31, en medio del bullicio cotidiano del centro de Chiquimula, doña Mariela intentaba continuar con su vida. En su humilde puesto de cocos, ubicado en la 6ª calle entre 10ª y 11 avenida de la zona 1, buscaba el sustento diario, quizás cargando aún el peso de su reciente pérdida.
Fue ahí donde las balas volvieron a aparecer.
Sin previo aviso, el sonido de los disparos rompió la rutina. Doña Mariela cayó en el mismo lugar donde trabajaba, convirtiéndose en otra víctima de la violencia que días antes ya le había arrebatado a su hijo.

El llanto desgarrador de su hija estremeció la escena. “Mi mamita chula”, repetía una y otra vez, mientras el dolor se hacía imposible de contener. La joven, presente en el lugar, sufrió una crisis nerviosa ante la tragedia.
Minutos después, Bomberos Voluntarios confirmaron lo inevitable: ya no presentaba signos vitales.
Las autoridades ya investigan ambos hechos para establecer si existe relación entre los ataques.




